Friday, June 01, 2007

DEL FRÍO Y SIN PASIÓN


Le llamaban la Rusa. Mujer de ojos serenos, tiernos y dulces. Era conocida en el ambiente, no por nada era la más codiciada del burdel. Le llamaban la Rusa, pero el movimiento de su cadera , libre al vaivén al son del piano, hacía creer que provenía de algún lejano paraje de oriente , esas caderas arábicas, eran la envidia de las otras putas con las que se codeaba, sin embargo ella jamas competía por los clientes.


Sus clientes eran de todo tipo: jóvenes, viejos, extranjeros, ricachones, hombres sin brillo y alguna que otra mujer importante buscando satisfacción entremedio de sus pechos. Pero a la Rusa eso no le importaba, estaba allí para cumplir con su trabajo: once minutos de placer y gloria para un pervertido sin vida o una mujer sin amor.


El burdel no era pequeño, estaba en la principal avenida de la capital , a la altura de las grandes empresas y medios de comunicación, donde las promociones de happy hours eran el evangelio de todos los días y las fiestas Vip por las noches, se robaban la inocencia de jóvenes ingenuas en busca de un papel en algún programa de televisión o simplemente salir en el matutino. “Pobres tontas” suspiraba de vez en cuando la Rusa al ver orgías con grandes personalidades del espectáculo, “ni siquiera cobran las muy infelices” , y su corazón se llenaba de compasión y tristeza.


La Rusa Reza, y aunque sus compañeras le llamaban zorra, burra, yegua, chicharra y muchas otras tantas cosas, ella era muy creyente. Recordaba con cada rezo su tierra, ese paraje tan lejano, en las fríos y largos días de invierno en las estepas de Siberia, en su infancia, en el primer hombre que la desposo y le enseño lo que era el sentir de una mujer, que la enamoró, que la hizo suya, que le enseño el arte de amar. Jamás se imaginaria, que todo aquello que aprendió en las estepas, volvería locos a estos pobres Sudacas. Los odiaba, y cada vez que podía los hacia sentir que eran poco hombres, malos en la cama, que no eran capases de hacerle sentir ni siquiera un atisbo de placer, los humillaba, pero al parecer eso excitaba mucho más a sus clientes.


La Rusa llora, pero a las siete de la tarde debe tomar su careta y al escuchar el suave compás del piano, entonar la dulce canción que su madre le enseño en su regazo. Pero un día, cuando el aire frío inundaba la capital, y le hacia recordar el aroma de su lejana tierra, su dulce melodía sonó diferente. Frente a ella, un rubio marinero, el número doscientos cuarenta y cuatro, de la marina de un prestigioso país, escuchaba atentamente su suave entonación.


La Rusa, sintió una furia en su interior, tan intensa que le hacia recordar las tardes de pasión en las frías estepas de Siberia con su amado, el recorrer de sus manos por el cuerpo indómito del amante, la lengua traviesa buscando la humedad virginal, el frío sudor que corría por el cuerpo y salía de sus poros sedientos de pasión, todo aquello en un solo momento, cuando este peregrino de los mares comenzada a encender en ella nuevamente la pira de la pasión y lograba convertir el frío bosque de melancolía en un incendio ardiente de pasión . Comenzaba a arder, todo aquello que se había negado para sí, desde hacia mucho tiempo atrás.


Trato de ser normal, de hacer lo de siempre, pero lo deseaba. No entendía que sucedía, pero su carne temblaba por él, no era su forma, era su mirada , su aroma, su respiración. Lo deseaba y eso era todo lo que importaba.
Aquella noche la Rusa jugó con todas sus armas y se reencontró con el sexo, con el arte de amar. Aquella noche, sintió como nunca había sentido, el aire se transformo en llamas, la piedra en mármol y su cárcel en libertad.


Al día siguiente, solo quedaba el recuerdo de aquel cliente, su aroma, sus manos marcadas en su espalda, su humedad, pero ahora parada frente al faro del paradero y mirando el atardecer, reflejado en las montañas de la capital, la Rusa dejaba su vida pasada en aquel burdel, por fin había encontrado la tranquilidad que años atrás, había perdido en algún lugar de la lejana Siberia.

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